Relato Corto #28 – Peti, la curandera


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Villa Domínico es gris. No solo por el color de las calles, sino además, por su cementerio. Claro, yo vivía a pocos metros del parque que alguna vez fue el casco de la estancia de toda esa zona circundante, y los frondosos árboles de eucalipto, las flores, el pasto y las canchas de fútbol lo hacían mucho mas agradable. Por fortuna su gente le pone color, vino, vida, e historias.

Estas tierras vieron pasar a pié a los pocos aborígenes Quilmes y Calchaquíes que quedaron vivos tras que los españoles los hubieran deportado y traído a pié, durante 1200km, desde los Valles Calchaquíes, pasando por Tucumán, Córdoba, Santa Fé y Buenos Aires, para crear una reducción a pocos kilómetros mas al sur de aquí, en 1667.

Posteriormente, y a pié también, los invasores ingleses (hacia 1806) que hicieron posta y saltearon el arroyo Santo Domingo, cuando aun no tenía el “pequeño puente” y apenas si había 13 habitantes en toda esta inmensa pampa, surcada por el Camino Real del Sur. Luego de este fracaso invasor, años después el gobierno patrio instauraría la carrera de postas hacia Ensenada, y un puente sobre el arroyo, para mejorar las comunicaciones.

A mitad del siglo XIX, un inmigrante alemán, de apellido Domínico, compra hectáreas, siembra eucaliptos, y funda una estancia, y a su muerte, su viuda dona 10 de esas hectáreas para hacer un parque. Es este el parque por el cual cruza el arroyo, que tuvo el “puente chico” en el Camino Real, después de que lo pasaron los Quilmes, y ingleses, a pié. Ese arroyo ya no se vé, porque el gris del cemento de la modernidad, lo entubó.

Se parcializaron y vendieron tierras, y hacia 1907, Agusto S. Frin, el yuyero con dotes parapsicológicas mas notable y solicitado de estos territorios, ya se había afincado en el mismo lugar. Él instauró la primer casa comercial de venta de yuyos medicinales de marca La Provinciana“, en Av Mitre al 4400, que era donde tenía su parada el tranvía, bautizada “Lo de Frin” por los pacientes que concurrían. Solo bastaba con darle el nombre y apellido de la persona a diagnosticar, escrito en un papel, y él decía certeramente qué tenía, y le receta los yuyos que vendía. Todo por 2$. Dicen que heredó su capacidad parapsicológica de su mujer de ese entonces, provinciana ella, y de la que no quedaron recuerdos ni registros.

Tanta fué la fama de Augusto que hasta un tango le dedicaron, “El Provinciano”, por Bigeschi y Cúneo. Hizo fortuna.

Y llegó Juan Domingo Perón. El parque pasó a llamarse ‘Los Derechos del Trabajador’. Pasó la Revolución Libertadora. Se fue Perón. Encarcelaron a muchos, incluido Augusto. Su negocio de fraccionamiento y distribución de hierbas, fué clausurado por un par de años.

Perón vuelve. Y volvió sí, pero muy viejo. Murió. También ya había muerto Augusto. Sin él y con la economía dolarizada, también cerró definitivamente el laboratorio de hierbas medicinales. Para rematarla, nos cayó la dictadura militar encima. A todos.

En esos años de plomo, de gris plomo, y a cuadras del consultorio de lo que había sido el local de Frin, vivía Peti, la curandera. Y yo era un paciente suyo, que vivía a la vuelta nomás, sobre la calle Brandsen. Éramos treinta niños y niñas jugando en la calle, andando en bici y correteando. En 100 metros, una movida de atorrantes y chiruzas. No faltaron los golpes, ni cortadas, ni la muerte accidental. Tampoco las travesura de tirarme en triciclo desde el primer piso de una obra en construcción, y caer sobre la montaña de arena (con vehículo y todo). No escaseó mi vieja en patadas ni chirlos en el culo, tampoco.

Pero Peti llamaba mi atención. Se entraba a su casa (su consultorio era su casa) después de pasar la puerta del frente, y caminando un pasillo. En Av Belgrano y Magdalena. Ella tenía éxito donde todos los demás fracasaban. Y no cobraba. Nada.

Siempre me pregunté por qué no cobraba y por qué lo hacía. Un trabajo por amor al otro, me respondo. Silencioso y abnegado.

Recuerdo estar frente a ella con mi metro y poco más de altura, y ni diez años cumplidos. Ella contaba los codos de distancia hasta mi plexo solar cuando me salía culebrilla, hasta que la distancia se achicaba y lograba “tocarme”. Listo. Magia. Ella era enorme y yo un enano en sus manos.

Poca cosa, cualquier lo hace, magia menor. Dirían otros con otras escuelas. Ella era mi super héroe. Y valoré sus actos entonces y ahora.

A mi barrio ya no lo conozco ni sé volver. Pero sí sé donde quedaba la puerta de la casa de Peti. Y sé del chalet donde vivió Augusto hasta que murió, que es hoy una residencia para mayores, y se llama “Don Augusto”.

Villa Domínico es gris, pero hay algunas personas que la hacen enorme, y le ponen vida.